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Amira, la marcada por la razón al amor

Amira, la marcada por la Razón al Amor

Ella viene de una pequeña comunidad musulmana muy conservadora de Túnez, igual que muchas otras, donde el modernismo europeo se critica por corrupto y en detrimento en contra de las leyes sagradas del profeta iluminado e incuestionable Mahoma. Sin embargo, y en medio de este estado de cosas, Amira nació con un talento para descifrar detalles y nunca olvidar, lo cual puede ser muy peligroso a la hora de discutir cualquier asunto con los padres, familiares, inclusive con amigos y compañeros de escuela, ya que su inteligencia cuestiona e incómoda los dogmas de la fe y las buenas costumbres.

 

Ella sabe que millones siguen la fe, pero observa y hasta duda, y eso es peligroso, más por ser mujer porque la catalogan de hereje, puta o loca. Por ende, causante de vergüenza a su familia, lo cual es imperdonable y hasta se insinúa el suicidio como única forma de limpiar la afrenta al honor familiar.

Esto resulta absurdo y violento contra las mujeres. «Debe ser por miedo a nosotras y a nuestro poder de controlar la reproducción» dice Amira cada vez que elucubra al respecto. Pero bien, entre tanta fe y costumbres represivas y hasta violentas, descubrió el derecho a amar de forma libre y de acuerdo a su raciocinio y sentido común. Leyó libros sobre la revolución francesa basada en la igualdad, fraternidad y humanidad y, para colmo, a Descartes y su famoso cogito ergo sum. Siguió con Kant y descubrió a Camus y a Sartre.

 

Así, embadurnada de duda, razón y contradicción, se encontró un día por accidente con un vecino que no veía hacía años. Su nombre, Mohamed. Lo encontró en el autobús yendo a la Universidad, leyendo. Ella pudo leer el título del libro, era La peste, de Camus. Sin percibir mucho su presencia, él le dijo que se le se le había caído el lazo. Ese que su madre le amarró a su largo y hermoso cabello y hasta le trató de tapar con un pañuelo, pero ella se lo quitó apenas salió de casa en franca rebeldía, como tantas otras veces.

 

Amira sintió agrado y curiosidad por conocer a ese joven alto, atractivo que leía a Camus, lo cual, por arte de magia, se cumplió casi inmediatamente al oír de él un comentario del libro y preguntándole su opinión. Ella, haciéndose la desentendida, pero muy mal actuada, le respondió que no creía entender el propósito del comentario. Él reaccionó con tono alto de voz diciendo: «¿No te das cuenta que la razón del existencialismo es que no valemos nada y la vida no tiene sentido? Y, más aún, olvídate de eso que llaman el destino y más absurdo todavía creer que está escrito en un libro, por muy sagrado que lo cataloguen».

 

La gente se volteó a mirarlo y tuvo suerte de que la mayoría eran jóvenes universitarios, algunos hasta se rieron, pero uno que otro viejo empezó a nombrar a Alá y el Corán e incluso se bajaron del autobús.

 

Este acto fue como un tsunami para ella y de ahí en adelante se declaró su admiradora y sintió pasión por sus palabras, su forma de hablar y su concepto contra todo lo que ella odiaba y despreciaba en su vida. Lo vio cómo su héroe de caricaturas y hasta se criticó tanto ahínco y tanta pasión, pero no lo podía controlar.

Así, sin tapujos, se le sentó al lado, lo miró sin decir palabra por un largo rato y él hizo lo mismo; se sonrieron y se contaron sus vidas, sus sueños y allí planearon su futuro juntos. Con un agarre de manos fuerte y apasionado se bajaron del autobús y acordaron escaparse a París esa misma noche.

 

Y parece un sueño, pero unos días después se despertó en un pequeño cuarto casi irreconocible, su habitación en el barrio parisino de Saint Germain. Un poco asustada, se levantó y lo vio a él leyendo a Sastre y rascándose la cabeza.

Mohamed levantó la cabeza, le sonrió, dejó el libro y la invitó a abrazarlo; se la comió a besos y ella a él.

Y como iguales en el amor, en la vida y en plenitud, siendo tal vez la única de ese pequeño pueblo tunecino, y tantos más donde las mujeres son seres obedientes o pasivos, que no aportan mucho y, si lo hacen, no reciben reconocimiento alguno… ¡pero no Amira, nunca Amira!

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2 comentarios en “Amira, la marcada por la razón al amor

    1. Gracias sobrino!!!

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