Todo empezó cuando supe de Juan Rulfo, el día en que leí su Pedro Páramo y, sobre todo, cuando vi sus fotos intensas. Ahí fue cuando empecé a sentir algo extraño en mí, las palabras salían solas sin permiso de mis adentros, diciendo algo así como:
Aún vivo, siento a mis muertos y no sé si muerto estoy, aún vivo.
Entonces pienso y ya no sé si estoy vivo o muerto, o quizás sea solo un recuerdo de mis muertos, dándome cuenta de que tal vez aún estoy vivo, pero a través de mis muertos que viven en mí.
Y si aún estoy realmente vivo, pues cuando me muera, quizás sea recuerdo de algún vivo y si no hay nadie vivo que me haya conocido, pues seré un suspiro del viento y una sombra diluida en el espacio o dentro de una tumba en el cementerio que nunca me gustó, por eso de encajonarlo a uno cómo un reo en un hueco, clavado con una cruz y además encima con una piedra pesada como para asegurarse de que no me salga, asfixiándome el aliento y aún peor, mis sueños , que quiero tener siempre vivos volando por ahí, aunque digan que estoy muerto.
Pero hoy, juro que estoy vivo porque escribo estas notas que vencen la muerte, como el perenne recuerdo del gran Juan Rulfo y de sus muertos, que están siempre vivos.
En su homenaje.
Jorge Troncone Osorio

